En Canarias el aire y el mar son los cordones umbilicales que nos unen al mundo. Los guanches se olvidaron de navegar y se atrasaron mil años. Ahora somos modernos, tan modernos que el barco se nos antoja lento -aun recuerdo el viejo Plus Ultra que me llevaba de niño en tres largos días hasta el luminoso puerto de Cádiz-; así que tomamos aviones, surcamos los cielos y en cuestión de horas podemos estar donde nos plazca y nos alcance el bolsillo, Madrid, Paris, el caribe... Pero a veces nos olvidamos que volar es un milagro cuya técnica sólo depuran los pájaros. Los aviones se levantan imitando complejas leyes aerodinámicas. Salen y salen como escupidos de las pistas de los puertos del aire. Y nos arrullamos en su vientre, pedimos bebidas y periódicos. Sólo que a veces sucede, suele ocurrir lejos, en extrañas montañas de Mongolia o del Trópico, a gentes que tienen nombres raros. Suele; pero esta vez ocurrió aquí, en un avión doméstico, de los de andar por casa en el puente aéreo que trazamos hasta Madrid, como si fuera casi el patio de nuestra casa. Ciento y pico personas muertas del impacto o lo que es peor, carbonizadas. Uno de los escasos supervivientes a quien salvó el agua del río cuenta que ese agua sabía y olía a gasolina y sangre, y seguramente silenció pudorosamente que además se respiraba el olor de la carne quemada y la muerte. Había niños, bebés inclusos, había muchas mujeres... dos eran abogadas, y de una de ellas tengo sobre mi mesa de trabajo escritos, peticiones que tengo que resolver, aunque ella ya nunca podrá leer mis respuestas. Recuerdo que hace un par de años coincidimos en una cena, y ella, elegante e inteligente, me llevó a su terreno con sus bromas.

Durante un mes, todos los canarios hemos vuelto a sentirnos guanches, a hacer promesas de no volar más, de no pisar siquiera los lentos buques de antaño. Durará un tiempo, y volveremos a necesitar los cordones umbilicales, para no asfixiarnos en nuestra isla; aunque bien mirado, ¿se necesita algo más que nuestra bella ciudad, nuestras playas, nuestro monte, para ser felices?